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Las nubes - cuento de ciencia ficción dado por

el gran lama en 1998-26-01-07

 

A la manera de Introducción:

 

A mediados de la década del 90 el Gran Lama dio a conocer uno de sus sabios mensajes: “A todos los Ocalistas” “A todos los Hombres de Buena Voluntad”,

lleno de oscuros presagios.

 

Y lo hizo bajo la forma de un cuento-ficción: “Las Nubes”, cuyo relato se desarrolla

en Julio de 2041, dando a su mensaje un contenido casi apocalíptico, que, si bien tiene mucho material de fantasía, está inspirado en la realidad de un presente cada vez más preocupante, provocada por la acción depredatoria que en estos últimos años está llevando a cabo la dirigencia de Rosario Central sobre su rico patrimonio futbolístico.

 

Y esta acción depredatoria sobre los intereses de Rosario Central ya está afectando peligrosamente lo institucional.

Por eso su mensaje, en este cuento-ficción, pretende ser un desesperado llamado

de alerta.

Y los canallas, destinatarios de este patético cuento-ficción, una vez asimilado el impacto emocional que nos transmite, deberán trabajar para revertir la historia y para que los oscuros presagios no se hagan realidad.

 

Los dejamos con el relato de este cuento-ficción y esperamos que el mensaje del Gran Lama sea bien interpretado, a favor de la Grandeza de Rosario Central.

 

Las Nubes

 

El Anhelo:

 

Nos fascinaba aquelo de transformarnos en nubes al morir. ¡Nos fascinaba! Porque

la idea había sobrepasado al ingenio o a la imaginación, para convertirse en anhelo.

 

La Nostalgia:

 

“Usted no se acuerda, claro, pero aquí donde tiene su negocio, había un club, un club grande. ¡Bah! No solamente en el lugar que usted ocupa, no...! Mire, el frente era

por Génova, desde Avellaneda hasta Cordiviola, y de fondo llegaba hasta Regatas.

¡Qué tal! Rosario Central se llamaba, y cuando desapareció no lo podíamos creer,

nos parecía mentira. Fue en el 98, en 1998.

 

¿Cómo? ¡Es lo que yo le digo! Usted tendría un par de años, no se puede acordar. ¡Qué pena!

Cuando se decretó su extinción ya no quedaba nada. Central no era nada.

Más le digo, ya estaban demoliendo todo lo que había acá. El estadio, la pileta, todo.

¡Yo no se! Dirigentes que cuando arrancaron habían trabajado bien. ¡Yo no se! Empezaron a vender a todos los jugadores a un par de intermediarios y casi regalados, y después siguieron con todo lo demás que Central tenía, hasta que

no quedó ni el loro.

 

¡Yo no se! Claro, usted no se puede acordar. Esto que hay ahora es muy lindo,

un complejo habitacional y comercial impresionante, no digo que no, pero Central..... Central era parte de la vida... y lo liquidaron, mire lo que le digo, ¡lo liquidaron! ¡

Qué va a ser! No, usted ¡qué se va a acordar!, pero para nosotros fue un golpe terrible.

Por eso yo me doy una vueltita todos los días. ¡Terrible! Como si se nos hubiera muerto la vieja.”

 

La Crónica:

 

Aquel anciano melancólico, que añoraba el pasado cotideanamente, tenía razón.

Rosario Central había sido un club grande. Muy grande. Con una hinchada multitudinaria, fervorosa, consecuente. Y se encontraba desde hacía varios años en una meseta que podía oficiar de plataforma de lanzamiento hacia la cima definitiva. Puede pensarse que era cuestión de proponérselo, que se trataba de un asunto de mentalidad y de actitud, que comulgaba plenamente con el lógico hinchismo, con

un razonado hinchismo. No puede concebirse un

dirigente deportivo o político sin el corazón inflamado de sueños.

Pero por aquellos años de fines de siglo, los dirigentes de Rosario Central se consumían por la fiebre de vender.

 

Jugadores que recién asomaban al estrellato eran raudamente transferidos a comerciantes, que, después, hacían a su vez el verdadero negocio...

Se debilitaba lo deportivo, se desmantelaba lo patrimonial. Pero, decían, había que enjugar el déficit de la institución y vender, vender y vender; recaudar y recaudar; ingresar dinero como fuera. Se trataba de nivelar las finanzas a ultranza.

Sin embargo, algo diabólico estaría ocurriendo. Porque ante una deuda de 6.000.000 de pesos, se vendía por 9.000.000 y la deuda crecía a 11.000.000.

Los centralistas conocían, como argentinos, estas ecuaciones satánicas que nunca

se terminaban de explicar bien.

 

Y la oposición hacía oír sus voces. Pero todo concluía en la mera queja.

¡Pobre Central!, decían los Ocalistas que suplicaban la reversión de la tendencia suicida. Pero el tiempo material de estos hombres era limitado, y cuando se daban vuelta, los intermediarios se habían llevado varios jugadores más.

¡Basta por Dios!, aullaban. Mas todo fue inútil.

 

Central liquidó todos sus planteles. ¡Todos! Hasta los infantiles. Se enajenaron los jugadores de basket, los nadadores, los gimnastas.

El club alcanzó la cesación de competencia deportiva.

Y paralelamente se liquidaba lo edilicio.

 

Uno de los partidos del campeonato local de fútbol se jugó con cuatro sobretodos oficiando de arcos. Los caños y las redes reglamentarios, se habían vendido. Una empresa inmobiliaria agitaba un boleto de venta de la mitad del campo de juego que daba a la Av. Génova, amenazando con suspender un encuentro de reserva en el segundo tiempo. Un gigantesco camión, en tanto, se iba llevando todos los sanitarios arrancados del estadio. Las tribunas y todo lo edificado caían bajo las piquetas de

una empresa de demolición.

 

De la misma manera, la propiedad de calle Mitre, el Cruce Alberdi, y todo... absolutamente todo. Trofeos, camisetas, muelles, computadoras, pelotas, árboles, banderas, inmuebles de cualquier tipo y tamaño.

Cuando nada tangible quedó por transferir. Cuando inclusive no pudo concretarse la venta del “aliento” de la hinchada canalla, ni la del semen de Kempes, Poy, Bóveda

y Gramajo... aquellos dirigentes llamaron a Asamblea General Extraordinaria.

Los asistentes fueron pocos y la reunión duró tres minutos. Cuando se informó que

se había vendido por un monto de 122.390.116 pesos y que la deuda ahora alcanzaba a 139.102.939, todos huyeron despavoridos. Corría 1998, y poco antes

de un nuevo aniversario de su fundación, Rosario Central desaparecía.

 

El Dolor:

 

“Es así nomás, ¡Yo no se! ¡Cómo sufrimos! Me acuerdo que con mi hermano mayor

y otros pibes salíamos a caminar por Arroyito. Siempre terminábamos lagrimeando frente a la cancha. ¡Qué dolor tan grande sentíamos...!

 

Una vez, en esos días tremendos, vimos a dos dirigentes que trataban de arrancar

la placa que había en la casita donde se fundó Central, ahí en la Av. Alberdi.

Nos fuimos al humo y se las pudimos arrebatar... ¡La tenemos vendida en cinco pesos! nos gritaban los malditos, pero no les dimos bola.

Los sacamos rajando y nos quedamos con la placa. Me acuerdo que se la llevamos

a mi viejo que estaba muriendo de pena. ¡Cómo luchó, pobre viejo!

Pero... a los pocos días falleció con la placa en las manos. En ese entonces vivíamos en la calle Vieytes al 600. ¡Pobre viejo! Después de todo tuvo el consuelo de morirse junto con Rosario Central.

En el 98. En 1998... usted era un pibe, claro, ¡Pobre viejo!”

 

El Vacío:

 

Un anhelo tan hondo y tan intenso, que pronto fue certeza inamovible y más tarde realidad.

Hoy somos nubes, pero nubes sin rumbo y sin destino. Los apóstoles del pragmatismo, soberbia y tenazmente, nos dejaron sin credo. Nos llamaban líricos pero querían decir imbéciles.

Lo cierto es que aquel sueño que acrecentó la amistad, que nos regaló alegrías y desdichas compartidas, se nos ha esfumado.

Vagamos de un lado a otro de la ciudad, pero nuestro sueño, nuestro amadísimo sueño, tan imprevisible y emocionante como la vida, tan bello e inexplicable como

el amor, ya no se encuentra allí.

 

 

Julio de 2041

 

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