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A la manera
de Introducción:
A
mediados de la década del 90 el Gran Lama dio a conocer uno de sus
sabios mensajes: “A todos los Ocalistas” “A todos los Hombres de Buena
Voluntad”,
lleno de
oscuros presagios.
Y lo
hizo bajo la forma de un cuento-ficción: “Las Nubes”, cuyo relato se
desarrolla
en Julio
de 2041, dando a su mensaje un contenido casi apocalíptico, que, si bien
tiene mucho material de fantasía, está inspirado en la realidad de un
presente cada vez más preocupante, provocada por la acción depredatoria
que en estos últimos años está llevando a cabo la dirigencia de Rosario
Central sobre su rico patrimonio futbolístico.
Y esta
acción depredatoria sobre los intereses de Rosario Central ya está
afectando peligrosamente lo institucional.
Por eso
su mensaje, en este cuento-ficción, pretende ser un desesperado llamado
de
alerta.
Y los
canallas, destinatarios de este patético cuento-ficción, una vez
asimilado el impacto emocional que nos transmite, deberán trabajar para
revertir la historia y para que los oscuros presagios no se hagan
realidad.
Los
dejamos con el relato de este cuento-ficción y esperamos que el mensaje
del Gran Lama sea bien interpretado, a favor de la Grandeza de Rosario
Central.
Las Nubes
El Anhelo:
Nos
fascinaba aquelo de transformarnos en nubes al morir. ¡Nos fascinaba!
Porque
la idea
había sobrepasado al ingenio o a la imaginación, para convertirse en
anhelo.
La
Nostalgia:
“Usted
no se acuerda, claro, pero aquí donde tiene su negocio, había un club,
un club grande. ¡Bah! No solamente en el lugar que usted ocupa, no...!
Mire, el frente era
por
Génova, desde Avellaneda hasta Cordiviola, y de fondo llegaba hasta
Regatas.
¡Qué
tal! Rosario Central se llamaba, y cuando desapareció no lo podíamos
creer,
nos
parecía mentira. Fue en el 98, en 1998.
¿Cómo?
¡Es lo que yo le digo! Usted tendría un par de años, no se puede
acordar. ¡Qué pena!
Cuando
se decretó su extinción ya no quedaba nada. Central no era nada.
Más le
digo, ya estaban demoliendo todo lo que había acá. El estadio, la
pileta, todo.
¡Yo no
se! Dirigentes que cuando arrancaron habían trabajado bien. ¡Yo no se!
Empezaron a vender a todos los jugadores a un par de intermediarios y
casi regalados, y después siguieron con todo lo demás que Central tenía,
hasta que
no quedó
ni el loro.
¡Yo no
se! Claro, usted no se puede acordar. Esto que hay ahora es muy lindo,
un
complejo habitacional y comercial impresionante, no digo que no, pero
Central..... Central era parte de la vida... y lo liquidaron, mire lo
que le digo, ¡lo liquidaron! ¡
Qué va a
ser! No, usted ¡qué se va a acordar!, pero para nosotros fue un golpe
terrible.
Por eso
yo me doy una vueltita todos los días. ¡Terrible! Como si se nos hubiera
muerto la vieja.”
La Crónica:
Aquel
anciano melancólico, que añoraba el pasado cotideanamente, tenía razón.
Rosario
Central había sido un club grande. Muy grande. Con una hinchada
multitudinaria, fervorosa, consecuente. Y se encontraba desde hacía
varios años en una meseta que podía oficiar de plataforma de lanzamiento
hacia la cima definitiva. Puede pensarse que era cuestión de
proponérselo, que se trataba de un asunto de mentalidad y de actitud,
que comulgaba plenamente con el lógico hinchismo, con
un
razonado hinchismo. No puede concebirse un
dirigente deportivo o político sin el corazón inflamado de sueños.
Pero por
aquellos años de fines de siglo, los dirigentes de Rosario Central se
consumían por la fiebre de vender.
Jugadores que recién asomaban al estrellato eran raudamente transferidos
a comerciantes, que, después, hacían a su vez el verdadero negocio...
Se
debilitaba lo deportivo, se desmantelaba lo patrimonial. Pero, decían,
había que enjugar el déficit de la institución y vender, vender y
vender; recaudar y recaudar; ingresar dinero como fuera. Se trataba de
nivelar las finanzas a ultranza.
Sin
embargo, algo diabólico estaría ocurriendo. Porque ante una deuda de
6.000.000 de pesos, se vendía por 9.000.000 y la deuda crecía a
11.000.000.
Los
centralistas conocían, como argentinos, estas ecuaciones satánicas que
nunca
se
terminaban de explicar bien.
Y la
oposición hacía oír sus voces. Pero todo concluía en la mera queja.
¡Pobre
Central!, decían los Ocalistas que suplicaban la reversión de la
tendencia suicida. Pero el tiempo material de estos hombres era
limitado, y cuando se daban vuelta, los intermediarios se habían llevado
varios jugadores más.
¡Basta
por Dios!, aullaban. Mas todo fue inútil.
Central
liquidó todos sus planteles. ¡Todos! Hasta los infantiles. Se enajenaron
los jugadores de basket, los nadadores, los gimnastas.
El club
alcanzó la cesación de competencia deportiva.
Y
paralelamente se liquidaba lo edilicio.
Uno de
los partidos del campeonato local de fútbol se jugó con cuatro
sobretodos oficiando de arcos. Los caños y las redes reglamentarios, se
habían vendido. Una empresa inmobiliaria agitaba un boleto de venta de
la mitad del campo de juego que daba a la Av. Génova, amenazando con
suspender un encuentro de reserva en el segundo tiempo. Un gigantesco
camión, en tanto, se iba llevando todos los sanitarios arrancados del
estadio. Las tribunas y todo lo edificado caían bajo las piquetas de
una
empresa de demolición.
De la
misma manera, la propiedad de calle Mitre, el Cruce Alberdi, y todo...
absolutamente todo. Trofeos, camisetas, muelles, computadoras, pelotas,
árboles, banderas, inmuebles de cualquier tipo y tamaño.
Cuando
nada tangible quedó por transferir. Cuando inclusive no pudo concretarse
la venta del “aliento” de la hinchada canalla, ni la del semen de Kempes,
Poy, Bóveda
y
Gramajo... aquellos dirigentes llamaron a Asamblea General
Extraordinaria.
Los
asistentes fueron pocos y la reunión duró tres minutos. Cuando se
informó que
se había
vendido por un monto de 122.390.116 pesos y que la deuda ahora alcanzaba
a 139.102.939, todos huyeron despavoridos. Corría 1998, y poco antes
de un
nuevo aniversario de su fundación, Rosario Central desaparecía.
El Dolor:
“Es así
nomás, ¡Yo no se! ¡Cómo sufrimos! Me acuerdo que con mi hermano mayor
y otros
pibes salíamos a caminar por Arroyito. Siempre terminábamos lagrimeando
frente a la cancha. ¡Qué dolor tan grande sentíamos...!
Una vez,
en esos días tremendos, vimos a dos dirigentes que trataban de arrancar
la placa
que había en la casita donde se fundó Central, ahí en la Av. Alberdi.
Nos
fuimos al humo y se las pudimos arrebatar... ¡La tenemos vendida en
cinco pesos! nos gritaban los malditos, pero no les dimos bola.
Los
sacamos rajando y nos quedamos con la placa. Me acuerdo que se la
llevamos
a mi
viejo que estaba muriendo de pena. ¡Cómo luchó, pobre viejo!
Pero...
a los pocos días falleció con la placa en las manos. En ese entonces
vivíamos en la calle Vieytes al 600. ¡Pobre viejo! Después de todo tuvo
el consuelo de morirse junto con Rosario Central.
En el
98. En 1998... usted era un pibe, claro, ¡Pobre viejo!”
El Vacío:
Un
anhelo tan hondo y tan intenso, que pronto fue certeza inamovible y más
tarde realidad.
Hoy
somos nubes, pero nubes sin rumbo y sin destino. Los apóstoles del
pragmatismo, soberbia y tenazmente, nos dejaron sin credo. Nos llamaban
líricos pero querían decir imbéciles.
Lo
cierto es que aquel sueño que acrecentó la amistad, que nos regaló
alegrías y desdichas compartidas, se nos ha esfumado.
Vagamos
de un lado a otro de la ciudad, pero nuestro sueño, nuestro amadísimo
sueño, tan imprevisible y emocionante como la vida, tan bello e
inexplicable como
el amor,
ya no se encuentra allí.
Julio de
2041 |