|

Literatura Guerrera.
10-12 -07
Titulo : Mitología Canalla por El Negro
Fontanarrosa
Tiempo Aprox de Lectura : 13 min.
Síntesis : " ... hinchada no se hace, hinchada se nace, como El
Guerrero."
"Te aplaude y te saluda jubilosa/ la
hinchada deportiva que te admira/ campeón de cien jornadas
victoriosas/ valiente triunfador que orgullo inspira". Así
empieza, señores, la vibrante Marcha de Rosario Central, fruto del
genio inmarcesible del rapsoda rosarino Laerte Carroli, pieza
musical comparable, según historiadores y melómanos, a la
exultante La Marsellesa francesa.
"El símbolo auriazul de tu divisa/ florece y resplandece como un
sol/ cada vez que la cancha se electriza/ al estallar de la
victoria el gol". Y así palmea, salta y canta, acompañando esos
compases, la hinchada canaya cuando el bravío primer equipo
auriazul pisa la grama del Gigante de Arroyito, estadio
mundialista que se empina, intimidante, a orillas del río Paraná,
un río tan largo que nunca termina de pasar.
Hace algún tiempo escribí, en una pieza literaria sinceramente
inmortal: "Rosario Central no tiene historia. Tiene mitología". Y
esto es así porque sus orígenes, sus avatares y sus formidables
campañas están siempre fluctuando entre la realidad y la fantasía,
lo palpable y la ficción, lo comprensible y lo inexplicable. ¿Cómo
no ser hincha, entonces, de un equipo así? ¿Acaso puede evitar, un
intelectual sólido y sensible como quien esto escribe, ser
captado, atrapado y seducido por una divisa que desde la realidad
más palmaria y comprobable se dispara hacia la exageración y la
desmesura? Todo es increíble, todo es sospechoso, mis amigos, en
los relatos partidarios de hechos inusitados, de hazañas que rozan
lo inconcebible, lo fantasioso y la imaginación pura.
Se dice, se cuenta, se afirma, que Central es uno de los equipos
más antiguos del fútbol argentino, con sus 118 años de vida
institucional. Se dice, se cuenta, se afirma y se asegura que sus
orígenes fueron los talleres del ferrocarril y, por tanto, sus
primeros partidarios eran humildes operarios del riel, miserables
pordioseros hallados bajo los puentes ferroviarios, nobles
verduleros, cochambrosas prostitutas, laburantes del puerto y
marginales. Y que, por eso, el indómito rosarino Ernesto Che
Guevara es su hincha más reconocido. Porque simpatizaba,
obviamente con la causa del pueblo, confrontando con el origen
oligarca del otro club de la ciudad, rival eterno, nacido en un
colegio privado inglés.
Pero también se ha escrito que los fundadores de Rosario Central
fueron navegantes fenicios que llegaron a estas costas remontando
el Paraná a comienzos del 1400. Y que le dieron a la camiseta los
colores azul oscuro por el proceloso mar, y amarillo patito por
una epidemia de hepatitis que terminó con todos ellos.
¿Cuánto hay de verdad y cuánto de mitología, por ejemplo, en la
narración de los viejos seguidores cuando relatan el legendario
gol de Aldo Pedro Poy en aquel lejano diciembre de 1971, gol que
abriría las puertas al primer Campeonato Nacional obtenido por
Rosario Central? ¿Es verdad o es mentira que Aldo convirtió ese
gol contra el rival de todos los tiempos, volando en palomita o en
plancha, o como quiera usted llamarla, para asestar con su cabeza,
testuz alado, el frentazo goleador? ¿Es verdad o es mentira que,
como afirman algunos, Aldo ya venía volando desde San Nicolás,
localidad sita a mitad de camino entre Rosario y Buenos Aires,
dado que el partido se jugó en el Monumental de River Plate,
puesto que era una semifinal? ¿Es falso o es cierto que, como
juran y perjuran muchos otros, se veían en las espaldas del Aldo
dos alas enormes y doradas que lo impulsaban por el aire?
Pocos pueden entender, asimismo, mis amigos, que, desde aquella
fecha patria, año a año, puntualmente, hasta nuestros días, todos
los 19 de diciembre se realice en Rosario, en Los Ángeles, en
Barcelona, en Santiago de Chile o en donde sea, la reconstrucción
del gol, escenificada y teatralizada por
centenares de hinchas canayas que se reúnen
a ver cómo Poy, hombre grande ya y
respetable, vuelve a volar hacia ese balón para impactar con su
parietal, hoy calvo, y repetir el gol de aquella tarde,
arriesgando su cuerpo, en la actualidad un tanto endeble, al caer
sobre la dura superficie del planeta, que se ha solidificado en
demasía desde entonces.
¿Alguien habrá de aceptar, a pie juntillas, la versión oficial del
apodo "canaya" para el hincha centralista? Conspicuos ciudadanos,
hombres probos, fuerzas vivas en general,
no llegan a perdonar cómo, tantos años
atrás, Rosario Central se negó a disputar un partido a beneficio
de un leprosario propuesto por su clásico rival, el Ñuls Old Boys.
De allí quedó, señores, el mote denigrante
de "canayas" para nosotros y el más vinculante de "leprosos" para
los rojinegros. Pocos entendieron que esa actitud
negativa no fue por falta de sensibilidad
social o sanitaria sino, tan solo, para no
hacerse cómplice, la institución, de una
maniobra quizás demagógica, sensiblera y populista.
¿Es fácil explicarle a un ser racional y criterioso, que un hincha
puede saltar al césped, perforando la alambrada, desde atrás de
uno de los arcos, para impedir un gol en contra de su equipo? En
el Gigante de Arroyito sucedió eso, mis amigos. El Turco Spip fue
aquel valiente, el hincha que atravesó la alambrada perimetral
para ingresar como una exhalación, interceptando ese balón
insidioso que, tras sobrevolar la cabeza del mítico portero
Edgardo Gato Andrada, se anidaba en las redes, sellando la segura
derrota de los locales. Y el Turco no despejó esa pelota a
cualquier parte, no la tomó con sus manos para correr con ella
como una criatura. No, señores, nada de eso. Fiel a una escuela,
leal a una estirpe, la pisó y se la tocó corta al Coco Pascuttini
para salir jugando ante la mirada atribulada de los jueces.
¿Cómo no se va a sentir dominado por una atracción fatal, a esa
divisa de franjas verticales azules y amarillas, un ensayista, un
aspirante mayor al Premio Nobel, como quien esto escribe, cuando
le ha tocado vivir otra jornada de estupefacción en la final de la
copa Conmebol de 1995? Allá, en el inconmensurable estadio
Mineirao de Brasil, el irrespetuoso Mineiro, sacando ventaja
arteramente de una lluvia que llevaba cayendo tres meses con sus
noches, sometía al enjundioso equipo rosarino por 4 a 0.
Cuenta la imaginería popular que hubo macumbas brasileñas
ancestrales, presiones misteriosas de Orixá y otros dioses umbanda,
que convirtieron las piernas de nuestros jugadores en piedras
leñosas y pesadas. Tenue era la esperanza para el desquite. No
obstante, las deidades del fútbol condujeron esa noche de la
revancha a 45.000 canayas hasta el Gigante de Arroyito. Y Central
ganó 4 a 0, para luego imponerse en los penales. Juran, testigos
presenciales, que, cuando el Petaco Carbonari convirtió el cuarto
gol a cinco minutos del final, su cabeza de titán refulgía
cubierta por un casco de oro y marfilina que le había entregado la
mismísima Némesis, Diosa de la Venganza.
¿Cómo no se va a sentir cautivado un estadista, un sociólogo, un
arqueólogo, un cosmetólogo como quien esto firma si, además, le
toca estremecerse ante otro acontecimiento inexplicable vivido por
la escuadra canaya, ni más ni menos que en el hostil estadio del
América de Cali, reducto del Diablo y sus demonios? En el primer
partido por Copa Libertadores, Central había triunfado en Rosario
con un gol marcado por su coloso invencible, Juan Antonio Pizzi.
Escasa ventaja para volar a Cali, mis lectores, exigua diferencia
para enfrentar al rojo en su reducto. Frente a la magia de la
televisión vimos, defraudados, como a cinco minutos del final,
cinco minutos digo, cinco apenas, el canaya perdía por 3 a 0, con
un hombre menos, jugando espantosamente mal y con el ánimo
deportivo por el suelo, aguardando tan solo el piadoso pitazo
definitivo. Ya los jugadores suplantados en el equipo local, aún
antes de finalizar el encuentro, sopesaban livianamente a qué
rival preferían enfrentar en la siguiente ronda, la de
semifinales. Ya, en Rosario, ante las pantallas de televisión y en
la calle, los partidarios del clásico rival rojinegro hacían
explotar bombas de estruendo, celebrando la segura eliminación de
los canayas. Se pegaban ya en las paredes y muros de la ciudad,
carteles ofensivos con bromas sangrientas sobre el indigno caído.
Fue entonces, cuenta la leyenda, que Fortuna, diosa de la suerte
casquivana, se apoderó del alma del balón, hizo que este se
escurriese de las manos del portero caleño y otra vez Juan José
Pizzi lo empujó a la red. Dos minutos mínimos restaban para el
final y fue allí que en un contragolpe, tres, ocho, catorce,
veintisiete, mil quinientos hombres del equipo rojo quedaron solos
frente a las manos desvalidas del portero Tombolini. Y el Tombo
saltó y brincó como un demonio, ofrendó su rostro y su pecho a los
disparos salvando una vez más su portería. Y ya en tiempo de
descuento, Vespa, el bravo indio charrúa, se hizo luz, relampagueo
y centella sobre el flanco derecho de la cancha, envió un centro
y, en ese instante, la diosa Justicia se quitó la venda que cubre
sus ojos y la colocó tapando los ojos del portero, que manoteó el
aire vanamente y otra vez el coloso, el rubio Pizzi, cabeceó la
pelota a los piolines. Éxtasis e infarto. Festejo y gloria.
Central ganaría luego en los penales. La mitología quedaba corta
ante el misterio.
¿Quedará alguien, me pregunto, que se siga preguntando qué motivos
o razones o argumentos, conducen a un hombre sabio y bien pensante
a convertirse en un fanático seguidor de los colores auriazules?
¿Quedará alguien, me pregunto? Y si aún quedan, si aún persisten
unos pocos descreídos aferrados a su escéptica, abrumadora
necedad, restará simplemente invitarlos a que concurran alguna vez
al Gigante de Arroyito. Y conste, lo aseguro, que ya no hay
fanatismo en mis conceptos. Ahora, cuando las nieves del tiempo
blanquean mis sienes, adquirida con el paso de los años la
cordura, algo distante de estallidos partidarios, con alguna
lejana frialdad de observador imparcial, simplemente convoco al
forastero para que, acompañando a su equipo favorito pise en un
buen día el cemento formidable del Gigante. Para que compruebe, en
persona, la leyenda. Y allí escuchará cómo el pueblo canaya recibe
a un invitado. Allí sabrá del saludo que la parcialidad auriazul
dedica a la visita.
"¡Ya todos saben que Rosario está de fiesta/ ya todos saben que en
Rosario es carnaval/ ya todos saben que La Boca está de luto/ que
son todos negros putos de Bolivia y Paraguay!". Vengan, atrévanse,
a vivir lo mitológico en el Gigante de Arroyito, reducto de los
canayas. Ya van a ver cómo los cagamos a goles y les rompemos el
culo.
.
misticacanalla.com
|
 |