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Literatura Guerrera
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11-01-08
TITULO :
WILMAR EVERTON CARDAÑA, NUMERO 5 DE PEÑAROL. por R.Fontanarrosa.
Tiempo Aprox. de lectura :
16 minutos
Sintesis :
' Ojala tengamos jugadores como este uruguayo y no como el Hijo de
mil Puta del negro de mierda de Ledesma '
Porque yo lo conocí a Cardaña. Y porque yo lo conocí a Cardaña
puedo afirmar que mucho se equivocan aquellos que juzgaron o
juzgan al áspero centrehalf peñarolense
a través de la imagen recogida en los campos
de juego.
Yo sé que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad
tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente
del capitán de los aurinegros. Yo entiendo que no es sencillo
intuir el gesto amable o la frase cordial en un hombre que hizo
del encontronazo cruel, la pierna arriba o el gesto acerbo, una
marca personal e indeleble a lo largo de su prolongada campaña. A
lo sumo, admito, era factible
entrever en él la grandeza, el coraje y la
hombría de bien reconocida incluso por aquellos que fueron
víctimas, encarnizados rivales o detractores.
Pero yo lo conocí a Cardaña y creo que fui uno de los pocos
privilegiados que pudo compartir su círculo áulico, cimentado en
el respeto mutuo y los afectos sobreentendidos. Y fue ese respeto,
ese sobreentendido, el que me permitió ser testigo de un hecho, de
una anécdota, que echa por tierra el equivocado concepto de
considerar a Wilmar Everton Cardaña como un mero cacique huraño,
un ríspido patrón de la media cancha, temido y evitado por los
rivales. ¡Cuántas vececes el insulto hiriente, el epíteto injusto,
el cántico soez, cayó desde la gradería rival sobre la humanidad
generosa de mi amigo! Sin duda alguna, muchos de aquellos que ayer
desgranaron los más pesados e injuriosos improperios contra Wilmar
Everton Cardaña se sentirán incómodos o arrepentidos al finalizar
de leer esta nota que revela la otra cara del ídolo deportivo.
¡Cuánta nobleza habitaba el pecho inconmensurable de Wilmar!
¡Cuánto valor cívico podía esconderse bajo el glorioso número
cinco prendidoa la mirasol peñarolense, ya fuera sobre el verde
césped del Estadio Centenario, en cualquier campo de la vecina
Buenos Aires, o en la grama misma de tantos y tantos estadios
brasileños donde los frágiles y siempre pusilánimes morenos le
temían como
a una figura mitológica!
No por nada, mi amigo y colega Pablo Aladino Puscya, inolvidable
periodista, desaparecido ya, que supo firmar sus columnas en “El
Tero Alerta” de Rocha con el ingenioso pseudónimo de “Banderín de
Corner”, bautizó a Cardaña como “El Hombre”. Así, a secas, con
mayúscula, porque supo advertir en Cardaña al luchador
indoblegable, al deportista cabal de vergüenza invicta, más allá
de la circunstancial controversia sobre un puntapié a destiempo o
una fractura expuesta. Tiempo después, algún pícaro modificó el
apelativo para extenderlo a “El Hombre de Roble”, lo que, en sí,
parecía configurar un elogio a la increíble solidez de sus piernas
ligeramente chuecas pero que, en verdad, escamoteaba la verdadera
intención del apodo, que aproximaba a Cardaña a la infamante
condición de “tronco”. Lo avieso de la maniobra lo certifica el
hecho de que esta deformación de su apodo fue adaptada velozmente
por los seguidores de Nacional. Y no quedó
allí la cosa, porque después de aquel desgraciado accidente con
Fanego (el veloz punterito de Huracán Buceo que se destrozara una
clavícula contra el alambrado olímpico en un cruce fortuito con
Cardaña) parte de un periodismo no propiamente imparcial, pasó a
llamarlo
“El Hombre de Neandertal”. Quisiera que esta
anécdota, que puedo contar dado el particular contacto que tuve
con el caudillo indiscutible de Peñarol, eche algo de luz sobre la
“leyenda negra” que sobre él se derramara desaprensivamente.
A mucho tiempo de los hechos, pienso que el
mismo Cardaña, refugiado hoy en la paz y el reposo de su hogar en
Treinta y Tres, me perdonará que refiera lo ocurrido en
circunstancias de aquella histórica final del 54, tema que él, por
pudor y humildad, jamás quiso revelar. Puede que el relato aporte
también nuevas referencias a los amigos tangueros, ya que lo
sucedido en torno a esa final inolvidable fue inmortalizado en un
tango que, precisamente, lleva por nombre “La número cinco”. La
anécdota revelará que el título de la pieza musical se refiere a
la casquivana pelota de fútbol y no al número que lucía la
camiseta de Wilmar Everton Cardaña sobre sus dorsales, ni al que
identificaba (éste fue un rumor poco serio y malintencionado) a
una damisela aspirante al trono de “Miss Paysandú” y por quien,
dicen, suspiraba el inspirado compositor de tangos.
Aquella mañana del 3 de noviembre de 1954 llegué al hotel Olinto
Gallo, donde se alojaba habitualmente el plantel de Peñarol,
palpitando encontrarme con un clima de nervios y tensión, acorde
con la magnitud del gran encontronazo final con el clásico enemigo
de todos los tiempos: Nacional. Había una efervescencia formidable
en Montevideo y los tamboriles de la murga “Los que pelan la
chaucha” no habían dejado de atronar el barrio de La Tumba en toda
la noche. Sin embargo, me hallé con un grupo de muchachos
—jugadores, técnicos y dirigentes— departiendo mansamente luego
del desayuno, al parecer olvidados de la proximidad de la justa.
Pero esa primera impresión fue efímera. Algún gesto en falso,
ciertas torpezas de movimientos, un par de respuestas destempladas
o el rechinar penetrante de algunas dentaduras, denotaban el
crispamiento interior, el desgarro insoportable de la espera.
Pregunté por Cardaña y me contestaron que el recio capitán se
había retirado a su habitación luego de merendar. Subí a su pieza,
con la familiaridad que me confería su actitud amistosa hacia mí,
y me invitó a pasar con un gruñido. Wilmar Everton Cardaña era
hombre de pocas palabras, muy pocas, como todo hombre criado en el
campo, entre vacas y animales poco propensos al diálogo. Creo que
hasta ese día —y ya llevábamos más de dos años de amistad—, sólo
le había contabilizado nueve palabras, monosilábicas en su
mayoría. Y vale consignar que más de la mitad de ellas las había
gastado en una sola frase, previa a otro partido importante,
cuando levantándose imprevistamente de una tertulia, anunció:
“Permiso, voy a ir al baño”. Era así, directo, franco, hombre de
llamar al pan pan y al vino vino y no podían esperarse de él
frases grandilocuentes o inflamados discursos. De más está decir
que era la tortura de los periodistas radiales quienes, más de una
vez debieron quitarle los auriculares sin haber obtenido de él ni
un dato, ni un nombre, ni una fecha. Encontré a un Cardaña
taciturno y cariacontecido, cosa que atribuí a la responsabilidad
del partido de la tarde. En aquella época no habían proliferado
las líneas de ropas deportivas; por lo tanto, en las
concentraciones, los players usaban sus propios atuendos a veces
de gustos caprichosos o discutibles. Cardaña llevaba puesto un
saco marrón, colocado al revés,
o sea, con la pechera sobre la espalda, lo
que lo hacía parecer sujeto por un chaleco
de fuerza.
—Es por el pecho —me dijo, señalándose el cuello. Yo sabía que
sufría de severas anginas de pecho. El cigarrillo —aquellos
cigarritos negros “Barbudas”, de la época,
que solía lucir detrás de la oreja durante
los partidos— le había instalado una tos seca en el pulmón derecho
y una tos convulsa en el izquierdo. Parecía mentira que un hombre
que fumaba como él, casi siete etiquetas por día, pudiese tener
ese despliegue incesante y depredador en el campo de juego
¡Cuántos jugadores de hoy en día, con los tan mentados y
publicitados sistemas de entrenamiento, dietas especiales y
cuidados dignos de una odalisca quisieran poseer aquella
inagotable capacidad física que acreditaba Cardaña, aun
considerando sus excesos y descuidos! ¡Cuántos de los señoritos de
hoy en día, atentos siempre a sus peinados y manicuras se hubiesen
atrevido a mostrarse a la prensa en saco de calle vuelto del
revés, camiseta musculosa debajo y pantalón pijama, sin temor a
ser el hazmerreír o al escarnio!
En la misma habitación de Cardaña estaba Nelson Amadeus Farragudo,
aquel implacable marcador de punta, el del gol agónico al
Wanderers en el 49, de sombrero de fieltro sobre los ojos, tomando
mate. Le decían “El Buitre” Farragudo, no sólo por la nauseabunda
peladura de su cuello, sino porque, cual la conocida ave
carroñera, era quien caía sobre los restos de las víctimas de
Cardaña, cuando éste recibía a los delanteros rivales por el medio
de la cancha. Por la mustia actitud de Farragudo —mitigaba el
sonido del mate cubriéndose la cabeza con una toalla— comprendí
que algo no andaba bien en mi amigo, su compañero de pieza, el
legendario centrehalf peñarolense.
Por si no lo he dicho, Wilmar Everton Cardaña tenía una cara de
rasgos grandes, muy marcados. Las cejas, negras y pobladas, se
juntaban sobre el puente de la nariz.
Los ojos, sin ser bellos, eran saltones y
parecían querer fugarse por debajo de unos párpados gruesos, de
piel porosa como la de los citrus. La nariz era prominente, larga,
carnosa, de aletas amplias. La boca se abultaba bajo el bigote
generoso y se alargaba hacia los costados, pareciendo que las
comisuras profundas podían alcanzar los peludos lóbulos de las
orejas, también enormes. Entre estos lóbulos y la boca, sin
embargo, se interponían dos hondonadas como tajos, arrancando
desde los pómulos protuberantes para bajar y delimitar con
claridad el mentón avanzado y desafiante. Daba la impresión de que
uno podía tomar esa porción inferior de la cara, por aquellos
surcos que partían las mejillas, y quitarla de allí, como si fuese
un aditamento plástico removible.
Había en ese rostro algo perturbador y
obsceno pero, al mismo tiempo, sobrecogedor. Era como contemplar
un fiordo inmemorial, un precipicio de roca desnuda, el magma
primigenio. Era asomarse al inicio de la Naturaleza. Y ese rostro,
aquel día, estaba transfigurado.
Consciente Cardaña de que yo había percibido ese clima extraño y
dislocado, fue hasta una cómoda y sacó algo de uno de los cajones.
Pronto se me acercó con la facilidad que le brindaba nuestra
confianza mutua, y me extendió una hoja de papel azul.
—Es una carta —me aclaró.
Leí la carta y, en ella, con una letra despareja, salpicada de
errores ortográficos, decía: “Soy casi un niño y, desde hace mucho
tiempo, me hallo encerrado en una oscura sala del Hospital Muñoz.
Padezco de un mal irreversible y, por eso mismo, no estaré el
domingo en el estadio para alentar al glorioso Peñarol. Si no es
mucho pedir, me haría muy feliz tener en mis manos la pelota con
que se juegue el encuentro, firmada por todo el plantel mirasol.
Si es necesario pagar, adjúnteme la factura, que oblaré gustoso
con dinero que he ahorrado privándome de la medicación. Suyo, José
Petunio Inveninato, cama 747.”
Confieso que terminé de leer aquella carta con los ojos nublados
por el llanto ¿Cuántos purretes de hoy en día, deslumbrados por el
artificio de la tecnología y la banalidad de la computación,
serían capaces de solicitar a su ídolo deportivo el humilde y
significativo obsequio de una pelota? ¿Cuántos niños de la
actualidad, engañados por la urgencia de una sociedad que no sabe
de la pausa para la charla amable o la reflexión, tendrían la
delicada paciencia de solicitar la pelota con que se disputa un
partido importante para “después” del partido y no para “antes”
del mismo, con todos los inconvenientes que esa voracidad podría
provocar en la popular justa? Pero mi sorpresa fue inmensa y total
cuando alcé los ojos. Allí, delante mío, Wilmar Everton Cardaña,
“El Hombre”, “El Capitán Invicto”, “El Hacha” Cardaña estaba
llorando ¡Aquél que hiciera callar de un solo chistido a 150.000
brasileños aterrados en el estadio Pacaembú, cuando la final de la
Copa Roca! ¡Aquél que se bajó los pantaloncitos y el calzoncillo
punzó para mostrar sus testículos velludos, uruguayos y celestes a
la Reina Isabel en el mismísimo estadio de Wembley! ¡Aquél que ya
a los ocho años quebrara en tres partes el tabique nasal a su
profesora de música en la escuelita sanducera... estaba llorando!
Esa cartita escrita sobre el burdo papel azul por aquel botija
preso en la fría sala del Hospital Muñoz había hecho el milagro de
ablandar el corazón, en apariencia fiero, del granítico centrehalf
de Peñarol y la selección uruguaya.
No abundaré en detalles ni cederé a la tentación periodística de
recordar los avatares de aquel partido memorable que terminó con
el resultado por todos conocido. Callé la historia por mí
presenciada en la habitación de Cardaña, por pudor y prudencia,
consciente de que no saldría de mis labios ese relato, como así
tampoco de los del “Buitre” Farragudo, austero en su vocabulario
como en su manejo del balón.
El lunes, al día siguiente del encuentro, acudí al Hospital
Marcelo Muñoz, a ser testigo del final de la historia. Esperaba
hallar allí tan sólo a Cardaña pero ¡cuán grande sería mi sorpresa
al ver a las puertas del nosocomio el plantel íntegro de Peñarol,
algunos aún con la camiseta puesta bajo el saco, deseosos de
cumplir con el pedido postal! Y lo increíble, lo conmovedor es que
no se habían reunido allí por un acuerdo previo o concertado. ¡Uno
a uno, por su propia cuenta, con la misma coordinación que ponían
en el campo de juego para implementar la ley del off-side o
presionar a un juez de línea, habían llegado hasta el Muñoz para
acompañar al capitán en la entrega del preciado regalo! ¿Cuántos
planteles de la actualidad, ahítos de dinero y fama fácil, serían
capaces de repetir aquella convocatoria, llevada a cabo por
hombres simples y cabales, deportistas que no conocían los
devaneos en torno a contratos fabulosos ni los desplantes
exigentes por unas cuantas monedas de oro, antes de comenzar algún
encuentro?
Y entonces fue el sinceramiento. Ante esa presencia masiva y
espontánea, frente a tanta humanidad enternecida, Wilmar Everton
Cardaña no aguantó más y lloró como una criatura. Lo seguí yo y
luego el plantel. Lloramos abrazados sin avergonzarnos de los
facultativos que nos miraban con cierta curiosidad o de los
transeúntes que acertaban a pasar por el lugar. Algún periodista,
mal periodista, arriesgó luego la mezquina versión de que el
plantel de Peñarol lloraba aún el lunes la ignominia de la
abultada derrota, soslayando el hecho irrefutable de que se
trataba tan sólo de un acto de amor y desprendimiento. ¡Cuántos
periodistas de hoy en día, mercenarios que ponen su pluma al
servicio de quien más paga, habrían hecho exactamente lo mismo que
aquel sicario de la prensa amarilla!
Desahogados en parte, pero aún trémulos por lo tocante de la
escena, pudimos seguir rumbo a la sala 2, media hora más tarde.
Adelante, Cardaña, con la número cinco entre sus manos enormes.
Atrás, yo y el plantel, encolumnados en un remedo de las tantas
veces repetida entrada a la cancha.
Y quiero ser cauteloso al narrar lo que sucedió después, ya que
tuvo ciertos rasgos sorpresivos e inesperados. Como así también
advertir al lector que mi fidelidad al relato me obliga al uso de
palabras que no son de mi predilección, pese a que configuran
moneda corriente en la vía pública.
Fue casi simultáneo entrar a la sala 2 e individualizar al pequeño
que había solicitado
el obsequio. Tendría doce, trece años y,
cubierto por un camisón blanco de tela basta, se hallaba de pie
sobre su cama, expectante, mirando hacia la puerta como si nos
hubiese adivinado. Tal vez el revuelo de enfermeras y doctores lo
alertó, quizás la intuición infantil, o tal vez el hecho de que,
nosotros, nos acercábamos cruzando los largos y umbrosos pasillos
cantando la Marcha del Deporte. Pareció que no daba crédito a lo
que veían sus ojos, las pupilas se le empañaron y comenzó a
temblar
como atacado por la fiebre. Impresionado,
Cardaña se acercó a él y le entregó la pelota firmada por todos.
El pibe la miró, nos miró a nosotros, volvió a mirar la pelota,
nos volvió a mirar a nosotros y finalmente gritó:
—¡Hijos de puta! ¿Cómo pueden perder con esos chotos de Nacional?
Confieso que nos quedamos estupefactos, helados por lo sorpresivo
de la agresión.
—¿Cómo carajo puede ser que esos putos nos hagan cuatro goles?
—siguió gritando el imberbe, ya absolutamente desaforado, roja la
cara, las venas del cuello tensas, como a punto de estallar—.
¡Hijos de mil putas! ¡Troncos de mierda! ¡Métanse la pelota en el
culo!
Y, acto seguido, arrojó el balón al rostro de Cardaña,
estrellándolo contra su nariz. Vi palidecer al capitán y temí lo
peor.
—¡Vendidos! —seguía, para colmo, el botija—. ¡Se vendieron como
unos miserables! ¿Cuánta guita les pusieron para ir para atrás,
guachos de mierda?
Vi a Cardaña dar un paso hacia el muchacho y supe que no podría
contenerlo.
—¡Cagones! —vociferó el chico, empinándose hasta caer, casi de la
cama—. ¡Maricones! ¡Vayan a trabajar, ladrones!
Advertí, en el último instante, el brillo asesino de tigre en los
ojos de Cardaña, el mismo que había apreciado tantas veces en las
inmediaciones del área, y supe que atacaba. Se lanzó con los dos
pies hacia adelante en la temida “patada voladora” y alcanzó al
muchacho en pleno tórax, de la misma forma en que puso fin a la
carrera
de Alberto Ignacio Murinigo, el prometedor
número nueve del River Plate. Cayeron los dos del otro lado de la
cama y, sobre ellos, se abalanzó una docena de enfermeros
que se habían acercado atraídos por los
gritos del botija.
Salimos destrozados del Muñoz. Los muchachos de Peñarol, heridos
hasta lo más recóndito por la injusticia de los agravios
recibidos. Yo, por lo estremecedor de la escena presenciada.
Al día siguiente, un médico de guardia me informó que el chico
tenía cuatro costillas fisuradas, lo que obligaría a prolongar su
internación seis meses más. También me dijo que el botija padecía
de una calvicie irreversible y que había solicitado permanecer
internado a los efectos de no concurrir a una escuela técnica que
detestaba. Que era
un buen chico, en verdad muy hincha de
Peñarol y que, meses atrás, se había hecho regalar un planeador
firmado por un diestro del volovelismo que había batido un
récord sodamericano.
Muy pocos conocen esta anécdota, ya que una conjura de silencio se
cernió en torno a ella. Yo me abrigué en el secreto profesional
para no revelarla. El plantel de Peñarol calló el suceso por un
natural prurito del deportista derrotado y en cuanto al agresivo
muchacho, tengo información de que aún sigue en el mismo hospital,
aunque ahora
con el cargo de “jefe de enfermeras”. Wilmar
Everton Cardaña siguió jugando, desparramando coraje y sangre
charrúa en cuanto campo de juego le tocó en suerte asolar. Siguió
acrecentando su fama de guapeza y virilidad sin límites. Siguió
mostrando, en suma, una sola de sus dos caras o facetas: la del
enérgico, pétreo y filoso centrehalf de los de aquellos tiempos.
Apenas un puñado de sus más íntimos, guarda, como un tesoro, el
secreto de aquellas lágrimas que supo derramar ante el conmovedor
y sencillo pedido de un niño.
misticacanalla.com
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